sábado, 25 de mayo de 2013



FRAGMENTO: ¿POR QUÉ ENFERMAMOS?

Alumno:
Hay gente con edad que están muy bien y viven una buena vejez, no siempre edad es sinónimo de enfermedad. Evidentemente, todo cuanto has nombrado son condicionantes que afectan más cuantos más años tienes.

Ignacio:
Es cierto pero casi la totalidad de personas que padecen, y darse cuenta de la palabrita “padecen” con respecto a lo que vamos a ir viendo, cercanas a los 80 años, lo hacen de enfermedad. ¿Cuántas personas conoces que elijan morir y lo hagan desde la conciencia y con dignidad, solo porque sienten que su tiempo aquí ha llegado a su fin?

Alumno:
Supongo que muy pocas, tal vez ninguna.

Ignacio:
Esa es la cuestión, lamentablemente, tal vez ninguna. Si no sabemos cómo vivir, no podemos saber morir, o no lo podemos hacer de otro modo distinto de cómo lo hacemos, pero como bien dices, la edad no debiera ser sinónimo de enfermedad. Pareciese que con la edad, inevitablemente, el organismo tenga que entrar en un estado degenerativo, deba deteriorarse y enfermar.

Una de las toxinas más importantes que consumimos a diario son nuestras creencias. La creencia en la enfermedad, la creencia en la vejez, la del tiempo, la de la muerte y otras muchas menos aparentes. Sin embargo no enferma el cuerpo, enferma la mente, el corazón, el alma. Nuestra vida suele reconocerse por ser más un “padecimiento”, un valle de dolor y lágrimas, que un lugar maravilloso de entretenimiento, diversión, aprendizaje y evolución.

Nuestro organismo se renueva constantemente. Unas células mueren y otras nacen ¿entonces dónde está la causa del deterioro y la enfermedad? ¿Si el organismo se renueva totalmente, como dicen, cada siete años, por qué sufrimos este proceso de descomposición y muerte? Ciertamente, el consumo de toxinas es superior a la capacidad organizativa y reconstructiva del cuerpo. Pero ¿significa esto que si no consumiésemos toxinas medioambientales, ni alimenticias y tuviésemos una genética fuerte, viviríamos cientos de años, o tal vez más? Es probable que viviésemos mucho más que ahora y en mejores condiciones. Pero esto significaría también un cambio respecto a nuestras creencias y modo de vida ¿no es así? Si seguimos contaminando la atmosfera por beneficios e intereses, si contaminamos los ríos, si consumimos en exceso y no reciclamos, si nuestros modos de afrontar los problemas y de divertirnos son el alcohol y las drogas, si las personas no queremos trabajar en los campos porque no da dinero para soportar el estatus social establecido, si solo buscamos el beneficio económico en lo que hacemos, si existen tantos intereses creados en enfermar, en envejecer, en consumir toxinas, en vivir a un ritmo frenético, en saltarnos todas las conductas básicas de equilibrio del ecosistema, de nuestro físico, de una convivencia social solidaria y humana, solo podemos encontrar, a cambio, deterioro, vejez y muerte, pues, tal y como tratamos todo, así nos tratamos, sin conciencia ni tiempo para la recuperación de lo vital.

Pero sobre todo, pienso que las células prioritarias que debemos regenerar son las del cerebro y estas están sitiadas por nuestras conductas. El cerebro es el comandante  jefe que organiza y dirige todos los ejercicios, quien tiene un súbdito muy leal: el corazón. El cerebro es el eje, el gran conductor de operaciones junto con el sistema nervioso encargado de trasmitir las ordenes a todos los lugares del cuerpo. Se baraja un cálculo de 100.000 millones de células nerviosas gestionando nuestros impulsos, captando señales y trasmitiendo respuestas al extraordinario vehículo en el que viajamos a lo largo de nuestra vida. Para que estas células mantengan su actividad regenerativa deben sentirse muy vivas y, para sentirse muy vivas, necesitan algo más que deporte, alimentación sana y equilibrada, genética y respirar un aire limpio y puro. Necesitan que sean derribados los muros de la ignorancia y el absurdo humano. Nuestras células cerebrales deben respirar algo más que oxígeno, deben respirar libertad, capacidad de acción para realizarse. Si nuestras vidas son monótonas, superfluas, vacías, con un pobre sentido, sin estímulos que satisfagan el espíritu, el alma, el corazón, la naturaleza de ser, de existir, las células se experimentan sitiadas, encarceladas, aisladas. Sin capacidad de establecer nuevas redes de comunicación pierden su valor orgánico y vital, por lo que deciden ir muriendo a vivir; pues las células del cerebro representan la esencia de la inteligencia que mora en cada uno de nosotros, respondiendo a nuestros sentimientos y actuando en consecuencia a como sentimos. Por ello, no enferma el cuerpo, enferma el espíritu, el alma, el corazón.

Los pilares que sustentan la enfermedad son el desconocimiento y el desamor, cuyas vertientes originan el temor, la posesión, la preocupación, la desesperación, el descontento, la frustración, la envidia, el odio,  la ira, el enfrentamiento, la venganza, la apatía, la tristeza, la desilusión, la vergüenza, el dolor, el horror, el suicido, las guerras, la muerte, etc.

Cada pensamiento que tenemos produce un estímulo nervioso, una reacción orgánica. Cuando tenemos el mismo tipo de pensamiento se producen las mismas reacciones orgánicas. Los pensamientos repetitivos generan sentimientos y emociones repetitivas. Los sentimientos y las emociones producen frecuencias de descargas eléctricas de gama superior, que estimulan la reacción de sustancias químicas orgánicas causantes de los estados de ánimo: bienestar-malestar. Cuando las células están siendo dominadas por los mismos tipos de estímulos nerviosos, dispersos, sin orden, eje y dirección, rotando en un círculo de sentimientos y emociones densas, perturbadoras, agresivas, vulgares, vacías, las descargas producidas debilitan el organismo, corrompe su homeostasis, su equilibrio natural, su capacidad de reacción regenerativa.

Las células cerebrales deberán sentirse inspiradas, útiles, vitales, por lo que precisan de estímulos como la ilusión, la inocencia, el apasionamiento, el descubrimiento, el asombro, la aventura de lo nuevo, puesto que así es como nos sentimos cuando nos sentimos vivos y jóvenes. Si encierras a un animal, o a tu mascota, o te encierran  durante un tiempo y si además te reducen el espacio, puedes comprobar como la mirada y el sentimiento cambian. Primero puedes volverte agresivo, después triste y desesperanzado. El mismo comportamiento adoptan las células nerviosas cuando nuestra vida gira en torno a los mismos patrones de comportamiento.

Nuestras constantes batallas psicológicas por escalar puestos sociales, porque nuestros hijos sean los mejores, los más listos y competitivos; la preocupación de no poder hacer frente a tantas necesidades que hemos creado; las ilusiones tan ficticias que vivimos; nuestra falta de contacto con lo natural, con los paisajes, los árboles, las montañas, los ríos, con la belleza, con la vida en sí; la ausencia de dedicación, de tiempo para nosotros, para descubrir y aprender cosas nuevas, para poner orden en nuestros asuntos, para estar en paz, pasar tiempo con nuestras familias, con nuestros hijos; el desinterés por las cosas que hacemos, por aquello a lo que solemos dedicarnos; el círculo social y cultural en el que acostumbramos desenvolvernos, hablando y discutiendo del mismo tipo de preocupaciones, problemas y males; estos acontecimientos habituales sobre los que ruedan nuestras vidas confinan los registros mentales a áreas concretas, limitadas del cerebro que impiden la regeneración celular, la reconstrucción de nuestro yo, llevándonos hacia la avenida de la enfermedad y el envejecimiento prematuro.

Cada día la neurociencia ofrece más evidencias de cómo influyen nuestros pensamientos y sentimientos en el comportamiento celular y cómo estas son incapaces de crear nuevas redes neuronales cuando nos movemos en el mismo marco de pensamientos, estímulos, sensaciones, produciendo el consecuente deterioro neuronal. Una gota de agua llega a perforar una sólida roca por insistencia. Nuestro cerebro es el constructor, el generador. Puedes tener el organismo deteriorado, defectuoso, pero si hay un buen motor y le aportas un combustible adecuado, la carrocería puede durar y, en muchos casos, sanearse. Verdaderamente nuestro organismo es maravilloso, pero aún sabemos muy poco de él y, por tanto, de nosotros mismos, de nuestra riqueza y capacidad, de nuestro potencial, del gran poder que sustenta el cuerpo y la vida que corre por él, que es la misma inteligencia y fuerza creadora que sustenta los planetas y los soles.

Las creencias acerca de quiénes somos y de cómo debemos ser, del significado de vivir, del modo como debemos vivir, de cuáles deben ser nuestros fines, propósitos, prioridades, comportamientos, la falsa idea de que cuantos más bienes tengamos viviremos mejor y más seguros, de la necesidad de trabajar con sacrificio con el fin de ofrecer un futuro certero a los hijos, de asociar edad con plan de futuro y jubilación, con vejez, residencia tercera edad, enfermedad, soledad y muerte, estas creencias generalizadas, tan arraigadas en el mundo que hemos construido, son el eslabón para que nos sucedan las cosas que nos suceden, están integradas en nuestra vida, estructuradas y aceptadas en nuestro inconsciente como una realidad que camina con nosotros y que, obligadamente, desemboca en la realización de dichas creencias.

Ausentes del mundo interior hemos construido una realidad puramente externa. Nuestros sonidos internos normalmente son estridentes. Debemos llenar nuestra vida de múltiples sonidos externos para camuflar el vacío, la angustia que vivimos en lo profundo. No sabemos vivir una vida en paz y tranquilidad, sin problemas, sin agobios, sin prisas, sin añadir responsabilidades que amontar sobre nuestra espalda, así que cuando tenemos un instante en el cual paramos, podemos captar la vibración estridente que mana del interior, un ruido insoportable para cualquier oído y, más en lo profundo, un vértigo a un vacío aterrador.

Recuerdo en una ocasión que visite el hogar de una mujer que solía frecuentar el hospital psiquiátrico. Al entrar en su casa inmediatamente puso en marcha cuatro televisores que tenía incorporados en su cocina y en cada una de las habitaciones, más el aparato de música. Aquello era realmente desquiciante, sin embargo, a ella, le turbaba la soledad y el silencio. Otra persona conocida y allegada solía escuchar música estridente porque, supuestamente, le relajaba, era una ayuda para soportar mejor su insatisfacción interna y liberar adrenalina, o estrés espiritual.

Al decir estrés espiritual, me refiero a esa tensión de vacío interno que produce desazón constante en las personas pero que, normalmente, no es identificado como tal. Sucede que hay una continua inquietud, como algo que sentimos se revuelve en nuestro interior, como si tuviésemos un roedor metido en el estómago, en el vientre, en las entrañas. Es una incomodidad que nos persigue día y noche, que nos pone irritables, molestos con todo, agresivos con nosotros mismos y con el resto del mundo, llegando a experimentar dolores intensos, profundos y punzantes, vómitos, mareos, diarreas, colon irritable, descontrol en los niveles de azúcar. Podemos justificar los síntomas pensando que las cosas no están saliendo como uno desea, que se tiene mucha responsabilidad, que se pierde cierto control de las situaciones porque no se puede llegar a todo. A veces el llanto puede desatarse sin motivo aparente, puedes creer que el mundo se pone contra ti, que todos parecen querer hacerte daño, pero la realidad de esta tremenda angustia, no es otra que el vacío interno. Nuestro ser está luchando por encontrar una vía de escape, una rendija de ventilación, algo donde asirse, una pequeña esperanza, pero inconscientes de ello, o revelándonos contra la llamada que pudiéramos estar intuyendo en el fondo, nos negamos la salvación y puede el barco acabar hundiéndose definitivamente en una sala de hospital, sumergidos en ansiolíticos, antidepresivos, barbitúricos, narcóticos, o hipnóticos.

Todas las personas vivimos crisis de identidad, momentos en que el mundo y nuestras creencias se tambalean, nuestros sueños se rompen, el exterior no nos compensa, no nos satisface, no nos aporta lo esperado. Entonces entramos en depresión, visitamos al psicólogo, al psiquiatra, pero no acabamos de resolver nuestro conflicto. No sabemos quién somos, qué somos, por qué sufrimos lo que sufrimos, por qué la vida es tan injusta, por qué tanto dolor. Son momentos de gran oscuridad, ya nada es lo que parece, puedes odiarte y odiar el mundo.

En algunas personas esta vibración es más intensa que en otras. En las que resuena con mayor intensidad, tal vez por su sensibilidad emocional, o por inquietudes más profundas que aún no han revelado, puede ocurrir que la persona trate de buscar, más allá de lo aparente, un sentido a la existencia y a sus sucesos. En otros casos, los acontecimientos que se viven, ante la incomprensión de los mismos y negándose a mirar más allá, pueden degenerar en locura, o en la perdida absoluta de la razón, cosa que, desgraciadamente, la mayoría de la comunidad psiquiátrica, se ocupa de que así sea, puesto que el sentimiento espiritual pasa desapercibido y ante el impacto que está viviendo la persona, lo mejor es calmarla con medicamentos a ocuparse de comprenderla en lo profundo.

Verdaderamente, si no cambiamos nuestra conciencia, estamos abocados al fracaso como especie. Puede que resulte duro escucharlo, pero es la realidad que comúnmente se vive. La esperanza se agota si no producimos el cambio.

El exterior manda y nuestro universo interior obedece. Es la respuesta a la exigente demanda de un mundo arrollador, sordo al alma y al espíritu, donde el poderoso se mantiene sobre su cumbre gracias a la ficción en la que busca realizarse el ignorante, tratando de alcanzar la cima de la comodidad y la seguridad, en una sociedad donde, la apariencia del propio poderoso, constantemente se tambalea.

El vacío existencial que se suele experimentar no hace distinciones en cuanto a lo que se tiene, o la escala social a la cual uno siente pertenecer. La única diferencia es que, un mayor nivel social, permite disponer de más medios de evasión, de más ingredientes externos para apaciguar la angustia y la decepción que, en muchos casos, se vive en el seno de la familia, en el círculo de amistades, incluso, en la labor social a la que uno se dedica. Recuerdo a una mujer que me contaba que había vivido su vida, años antes, con mucho dinero y, ahora, debía estar tan ocupada por conseguirlo que consideraba ser más feliz el que tiene que el que no tiene. Ser rico te permite comprar felicidad aunque sea de ficción, le decía su experiencia. Pero, tal y como más tarde admitió, su argumento era falso, solo que necesitaba encontrar algún tipo de justificación para seguir viviendo como lo hacía. Reconoció que su padre, un hombre rico, murió siendo lo que siempre había mostrado ser a los demás: un ser amargado e infeliz. Ella misma acepto que lo único que el dinero le permitió fue viajar y comprar cuanto se le antojaba, sin embargo, cuando se quedaba a solas consigo misma, su vida la sentía decepcionante.

Es bien claro que la riqueza debe provenir del interior, de este modo podré disfrutar de cuanto en ese momento tenga.

Es cuando empezamos a dar verdadera importancia a lo de adentro, que experimentamos la auténtica riqueza, porque el corazón, el alma, el espíritu, se llenan de gratitud y verdadera fortaleza. Llenos de riqueza interior, podemos disfrutar plenamente de cuanto el exterior nos proporciona, pero nunca puede ser al revés y esto es necesario que lo integramos en la memoria de nuestras células. No es una cuestión de ser espiritual, si no de aceptar que somos espirituales y no materiales. La materia no puede tener vida sin la chispa divina. La energía es lo primero, la materia va después. La materia perece, la energía, no.

Es preciso alimentar el alma, dar vida al corazón, ilusionarse, sentirse vivo, apasionarse, enamorarse de la vida, escuchar el espíritu, buscarlo en todo, amarlo por encima de todo, comprenderlo y disfrutar de cada cosa con él a nuestro lado, como nuestro mejor amigo, como nuestro mejor amante. Es necesario que cuantas cosas aprendamos y hagamos en la vida estén impregnadas por el yo espiritual y no por el yo personal.

Podemos tener una mente original, creativa, un gran coeficiente de inteligencia, ser verdaderos genios, pero el mecanismo de gestión de la mente ha de ser el espíritu, no la identidad, la personalidad, el yo soy Ignacio. A fin de cuentas no tenemos nada más, todo lo demás pasa en un abrir y cerrar de ojos.
Esto significa mirar las cosas de modo distinto, no ver solo la apariencia, la materia, sino ver que detrás está el espíritu. Así, cuando miramos un árbol, contemplamos una flor, conversamos con un amigo, educamos a nuestros hijos, discutimos con nuestro compañero nuestros acuerdos, practicamos sexo, adoptamos un animal, por encima de todo debemos mirar con los ojos del espíritu para ver el reflejo de nosotros mismos. 

En fin, es un proceso de reeducación del modo de mirar y comprender la vida y para ello se requiere un esfuerzo constante por querer captar y hacer lo que habitualmente hacemos desde esta percepción espiritual. Es preciso detener el ritmo, la inercia frenética que llevamos y preguntar al corazón y al alma qué necesitan para sentirse felices y en paz.



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