sábado, 25 de mayo de 2013



FRAGMENTO: LA EXTRUCTURA DE LA PERSONALIDAD

El ser humano, aunque prefiero decir la conciencia, como el universo, es ilimitado. Sin embargo, el problema que nos limita, que nos ancla es la identidad, el molde que nos mantiene en el destierro de nosotros mismos, al margen de las infinitas posibilidades que constantemente se suceden.
No puedo expresar lo que soy mientras mi mundo este enteramente supeditado al mundo exterior y su ritmo. No puedo manifestar la naturaleza de ser y aprovechar el abanico de posibilidades que la vida me ofrece mientras mi atención esté atrapada en el círculo de pensamientos viciados, en el mundo de la forma y de los fenómenos ordinarios.

Es necesario invertir el efecto para que lo importante deje de ser si soy alto, bajo, guapo, feo, tonto, inteligente, si hablo bien, si no se bien lo que digo, si los demás me escuchan, me aceptan, si valgo más, si valgo menos, si tengo dos carreras universitarias, si soy un ignorante, si tengo dos viviendas, si vivo en un piso de mala muerte, etc. Debo salir del prejuicio, del juicio, de la crítica, de la especulación, de las etiquetas y los nombres, de la batalla psicológica por ser algo o alguien, para acceder a mi naturaleza real, para expresar la integridad de mi verdadero yo.

La vida en la que habitualmente nos movemos está ceñida a la apariencia del mundo exterior. Nuestro interior está repleto de condicionamientos externos. Nuestra vida está atrapada en la rutina de complacer la demanda exterior. Nuestras expectativas no son nuestras expectativas, son las expectativas de los otros. La importancia de nuestros asuntos es la importancia de nuestra persona y, nuestra persona, sumida en la carencia, se alimenta de la necesidad de aceptación. Por la necesidad de aceptación busco reafirmarme socialmente. Mis sentimientos están puestos en mis objetivos y mis objetivos se limitan a enriquecer la identidad, la forma, la apariencia, por lo cual,  mi risa, mi gozo, mi llanto, mi lamento, mi tristeza, mi preocupación, serán la respuesta de mis logros o de mi insatisfacción siempre en relación a mi persona y las expectativas ajenas o sociales. Logros que nunca veré enteramente colmados, pues el ámbito de lo aparente no tiene límite y, cuando, por fin, haya alcanzado una meta, pondré otra delante, porque la alcanzada ya no me satisface lo suficiente y, solo cuando me dé cuenta y lo acepte podré cambiar la variante y hallar otro significado más pleno y enriquecedor.

El mundo está ahí, las circunstancias están ahí. Nuestras comodidades cuestan dinero, mucho dinero y para ello es necesario trabajar duro y alcanzar puestos importantes para disponer de mejor remuneración. El colegio de los hijos, la casa, el coche, el carburante, la electricidad, los teléfonos, el apartamento de verano, el reloj, las zapatillas, los pantalones, el vestido de marca, el abrigo de piel, las cremas de cara, la depilación, el perfume, la peluquería, el gimnasio, el conservatorio, las clases particulares, la televisión de plasma, aún podemos seguir un rato ¿Cuánto nos cuesta esto mensualmente? ¿Son necesarias todas estas cosas? ¿A quién corresponden todas estas expectativas? Y ¿qué debo hacer para cumplirlas? Evidentemente prostituirme. Así que las prostitutas no son las que están en la calle con la minifalda asaltando a los viandantes. Todos nos prostituimos, así que a partir de ahora habrá que cambiar esa palabra que define a un colectivo concreto y pase a tener un significado global referente a cada uno de nosotros. El precio que pagamos son nuestros hijos, nuestra pareja, nuestras relaciones, el tiempo para estar con nosotros mismos, para caminar a la luz del atardecer sintiendo la brisa fresca del otoño, bajo la luna y las estrellas, aprender cosas nuevas, dedicarnos un tiempo para ser felices y descubrir otras dimensiones de la vida. Pero aún peor es que toda esta exigencia externa, todas estas necesidades innecesarias, cambian nuestro humor, nuestro carácter, nos deprimen, nos violentan, nos enferman, nos alejan de nuestra realidad intrínseca, nos enloquecen y vagamos en una insatisfacción perpetua, convirtiéndonos en cadáveres andantes, en autómatas, en vegetales de asfalto. Si al menos fuésemos capaces de tomarnos la vida como un juego divertido, a nosotros como algo divertido, si fuésemos capaces de reírnos de todo, de encontrar un sentido de humor en todo esto, seriamos capaces de solventar nuestras circunstancias con éxito y optimismo y no irnos la vida en cumplir expectativas. Si en nuestra vida hubiese una visión interna prioritaria viviríamos de distinto modo nuestros sucesos y aun teniendo que satisfacer todas estas necesidades, el modo de afrontarlas sería otro.

Bien, si sentimos esto, si nos hacemos conscientes de que todo esto es una carrera desbocada a ninguna parte y queremos hacer un alto para modificar las pautas, tratar de maniobrar de distinto modo y establecer una dirección de felicidad y plenitud en nuestra vida, es preciso que comprendamos más en profundidad porqué estos mecanismos, porqué este absurdo y porqué tenemos tanta dificultad para operar positivamente, para utilizar nuestro potencial y el abanico de grandes posibilidades que la vida constantemente nos ofrece.

Veíamos estos días atrás, como vamos formando el molde de lo que decimos ser nuestra identidad, como vamos ensamblando, engranando piezas, conceptos, construyendo el mundo, el destino en el cual realizaremos nuestra experiencia vital. Pues desde niños forjamos nuestro destino, no dejamos nada al azar, todo debe estar bajo control, debemos saber que va a suceder mañana. Fijaos en las tarotistas, tienen las consultas llenas y son las que más páginas ocupan en los sectores publicitarios de la prensa diaria y de revistas de actualidad. Antes eran los anuncios eróticos, pero parece que con la crisis hay decadencia sexual y aumenta la incertidumbre, así que hay que consultar el oráculo para saber que conjunción han establecido los astros o las divinidades para mí. Esto me resulta muy gracioso, vas a hacer tu consulta y te preguntan ¿Qué quiere saber? Ja, bueno a eso vengo, a saber qué quiero saber. En fin, pues mire, querría saber si me va ir bien en este negocio en el que acabo de invertir mis ahorros. Bueno, teniendo en cuenta la época actual, pues mire, sí, le va a ir, pero poco a poco, debe confiar y poner todo su esfuerzo personal, tendrá momentos, días más difíciles en los que puede que se sienta más decepcionado, pero… bien, de acuerdo, veo que las aguas tienden a calmarse y ¿ve esta carta que me sale aquí, el as de oros? es un indicativo evidente de que recuperará la confianza y su negocio prosperará. Ja, para eso no hace falta leer las cartas, ni la mano, ni las estrellas, solo hace falta ser un poco astuto.

Nadie puede conocer nuestro destino, puesto que lo creamos nosotros cada día. Sin embargo, es predecible casi en el cien por cien, dado que funcionamos con automatismos y patrones sociales y personales muy concretos y similares.  Mi actitud mental, mi capacidad para vivir el ahora, la sincronización con mi yo interno, con la vida, con el universo, con la inteligencia que soy, con la luz que soy, con el amor que hay en mí, con la gracia que es, me procurará un destino de plenitud y bienestar, de alegría y satisfacción, algo que deberé construir día a día. La incertidumbre, la duda, la desconfianza, el temor a que algo me ocurra, la falta de una conciencia trasparente, de un espíritu generoso, de una mente abierta a la experiencia y al descubrimiento, a lo nuevo, traerá consigo más de lo mismo, es así de simple.

Nuestro futuro está escrito porque es muy fácil, depende de cómo pienso, cómo siento, cómo actúo, en qué creo, eso me sucede, ni más ni menos. Pero me empeño en querer saber cómo van a ir las cosas y las cosas solo van como yo quiero que vayan, como yo las creo con cuanto creo. Claro que, dado que construyo mí día a día de modo tan aislado, con tanta inseguridad y desconfianza, saber lo que me sucederá mañana no es difícil. Darse cuenta del dato de cómo construimos la realidad y el futuro: una pareja que se desean y se casan para emprender un mañana de bienestar y felicidad juntos, pero firman un documento para que, en el caso de que la cosa no funcione, se dividan los bienes y cada uno se lleve su parte. Desde el preciso instante en que esto está concebido de este modo, ya existe entre los cónyuges la desconfianza y la posibilidad de que la cosa no funcione, a pesar de que, evidentemente, existan más condicionantes, pero esto ya deja esa puerta abierta. Necesitamos documentos de propiedades, por lo tanto siempre existirá la disputa, mientas considere que algo me pertenece, que algo es de mi propiedad. No hay libertad entre las personas porque priman los estatutos, las leyes, los códigos, las normas y estamentos, lo mío, en vez de la confianza para tratar los asuntos con objetividad e intención de acuerdo. Fíjate, lo que a priori es el amor de tu vida, de pronto se convierte en tu peor enemigo, en tu pesadilla. Por una falta de entendimiento, por ciertos desacuerdos, ahora deseáis mataros el uno al otro. ¿No es lamentable, patético? Es preciso que las personas comprendamos y aceptemos que no existe algo que sea mío. Todo es mío, pero en realidad nada lo es. Ni mi país, ni mi esposa, ni mi marido, ni mis hijos. En realidad deberíamos de quitar el mi, o mío, para utilizar el, o lo, nuestro y el yo soy, para utilizar el ahora, en este momento dispongo de, me dedico a.
La vida es muy fugaz como para tener posesiones y perder el tiempo peleando por ellas. Proporciona gran libertad y paz saber que uno no tiene nada. Sin embargo, pensamos que tener da seguridad y es lo contrario, tener solo crea inseguridad, temor. Darse cuenta del paralelismo entre las palabras tener y temor. El temor siempre está relacionado con la ausencia o la perdida de tener. En realidad querer tener es un síntoma originado del no tener. Las personas deseamos tener por varias razones: porque la naturaleza de la existencia es el deseo y, el deseo, crea la carencia derivada de la necesidad de conseguir aquello que deseo. Claro que este síntoma solo lo vivimos los humanos que usamos el intelecto para depender del tiempo. Otra razón, es que nos sentimos seres incompletos, o divididos, por lo que siempre estamos buscando la otra mitad de nosotros mismos. La dualidad no debiera operar en mi cognición de la existencia como algo ajeno, si no como parte de mí. Fijarse que cuando digo mí, debo acentuar la palabra para que le dé carisma al asunto de la identidad o la pertenencia, con lo cual enfatizo también la carencia. Cuando siento la necesidad de reafirmarme como yo, en mi identidad, en mí mismo, es debido a mi carencia, a mi desarraigo de lo total; en el fondo de mí me siento insuficiente, incompleto. Y la última de las razones para obsesionarnos con el tener, o con la necesidad de ser algo, o alguien en este mundo, es la negación que experimentamos desde niños. Lo pronto que se nos separa de los padres, el rechazo afectivo tan drástico que se vive en muchos momentos de la tierna infancia. Hoy en día existen muchas mamás que no quieren dar el pecho a sus bebes porque luego sus senos pierden belleza, en otros casos, debido al estrés y la  alimentación impropia, se produce una dificultad para producir la leche. Pronto, muy pronto, se nos aleja del regazo materno y se nos deja en manos de cuidadores que, en muchos casos, son más bien algo parecido a dispensadores, o comerciales que se limitan a repartir un producto solicitado por un cliente. En el llamado mundo animal no sucede esto, a pesar de que tienen una ley de subsistencia en la que prevalecen los fuertes, aunque diría que, más que subsistencia, es adaptación a la crudeza de la naturaleza con su dinámica de cambios y ciclos estacionales. Hace unos días pude ver, en un noticiario, la consternación que vivía una mamá elefante ante la pérdida de su cría. 

Con nuestro sistema actual de gestión económica y medioambiental, cada día, resulta más costoso sobrevivir, puesto que estamos cargándonos las reservas naturales, lo cual hace que aumente la dificultad.

La carencia, el rechazo, la negación contribuyen a que vivamos en temor continuo, en la necesidad de tener, de acumular, en lo mío, la pertenencia, el clan, el yo soy, el tengo que; y con ello llega la culpa, el juicio, el deber, la obligación, la norma, la dependencia y la búsqueda de una afectividad y de una necesidad de aprobación apoyada en el mundo exterior. De este modo se cierra el círculo en el que imperan las batallas, la desolación, la tristeza y las causas perdidas.

Establecemos la dualidad desde el preciso instante en que comenzamos a andar. Partimos de la nada para construir el mundo y, con él, fabricamos el molde, el claustro de nuestro ser, de la chispa divina que es, anclándonos en la identidad de lo mío, del nombre, de yo soy Ignacio. Como la araña, tejemos la tela de la identidad concienzudamente, en la que nos envolvemos y atrapamos olvidados de la gran inmensidad a la que pertenecemos y que somos, para vivir y morir en un reducto de soledad y decepción. Desde temprana edad nos convertimos en esclavos y mendigos, en tiranos y maltratadores, oportunistas, vividores, vendedores de sueños muertos y banales. Creemos estar viviendo una vida cómoda porque no falta detalle en nuestros hogares, pero solo nos sentimos así en algunos de los breves instantes que nos sentamos en nuestro caros y ostentosos sofás mientras dedicamos nuestro tiempo a realizar trabajos que no nos satisfacen, a vivir relaciones apagadas, marchitas, sin espíritu alguno, a matar nuestro tiempo agrediendo el cuerpo y la mente, sesgando el alma, caminando como fantasmas por la urbe de la vida, deambulando entre el laberinto de calles y callejas, entre elevados muros de cemento, absortos en nuestras penurias.

De este modo nuestro corazón, desarraigado de su verdadero núcleo, reclama la unidad y la paz que perdió, el amor del que fue desterrado y busca sin cesar el sustento de la madre, la aprobación y reconocimiento del padre en sus semejantes, sin embargo, no suele hallar en ellos, ni en el mundo, tal consuelo ni compensación. El espíritu santo que un día fue, que habitó en él cuando aún era pleno, cuando no disponía de datos, de conceptos enredosos, se halla, ahora, en un universo inaccesible, desconocido, misterioso, ajeno, en el que aventurarse supone adentrarse en las entrañas de su sí mismo para deshacer los hilos tejidos, de este modo, elije continuar con el rabo entre las piernas, resignado a su destino melancólico, siguiendo el orden incierto del rebaño.

Alumno:
Dices partimos de la nada.


LA VIBRACION DEL ESPIRITU

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