sábado, 25 de mayo de 2013



FRAGMENTO: EL PODER DE LA ORACIÓN

Ignacio:
La oración es un sentimiento profundo que tiene el poder de modificar nuestra existencia caótica, por una existencia de plenitud y bienestar. Pero no la oración tal y como normalmente es entendida, o como se nos ha enseñado como sistema de adoración a un ser superior al que sugerimos nos envié desde el cielo aquello que pedimos, o sentimos necesitar. Si no, como vínculo de acercamiento, de estrechamiento, de conexión al silencio que todo lo llena y a la paz que hay en el corazón puro. La oración nos acerca a la realidad intrínseca de nosotros mismos, nos pone en contacto con nuestro ser más profundo y establece los lazos precisos para una vida prospera y feliz. Con la oración nos anclamos en nuestro núcleo de autenticidad y atraemos hacia nosotros cuanto precisamos para nuestro gozo. Configuramos nuestra fuerza inspiradora, creativa, constructiva, con las fuerzas de la naturaleza y del cosmos y con nuestros anhelos más profundos. Así que, la oración, es el poder que facilita la comunión con la plena expresión de la existencia.

La oración existe por sí misma, es algo que es y, lo único que debemos hacer, es sintonizarnos con este algo que es. La vida está en continua, en constante, oración. La vida es en sí, oración.

Cuando voy paseando por el campo y la mente y los sentidos están receptivos, sensibles a captar la multitud de aromas que se mezclan en el aíre que respiro, el color del cielo, la tierra que piso, las numerosas formas y universos que conviven en un pequeño espacio del bosque, entre unas simples hierbas, puedo sentir que cada paso que doy es sagrado. Cuando mis ojos y mi corazón están abiertos a la inmensa belleza que nos rodea, a la magnitud del indescriptible misterio en el que estamos inmersos, sobre el que caminamos cada día, en ese preciso instante en que el esplendor de todo me sobrepasa, en tal increíble momento en que me rindo al silencio en el que, los nombres, el tiempo y el espacio se disuelven, puedo experimentar la gran paz, la gran calma, la infinita oración que está teniendo lugar.

Claro que si miro los horrores que hay a mi alrededor, la miseria en que viven muchos niños, los malos tratos que reciben estos niños y mujeres en todo el mundo, el hambre que asola muchos poblados de India, África, Asía, Latino América y algunos lugares de Europa, entonces puedo cuestionarme dónde queda la oración, dónde está la belleza, lo inmenso y lo sagrado. Realmente, para todo esto no encuentro respuestas y mi corazón se estremece por la atrocidad y falta de hermandad y solidaridad del ser humano. Entonces contemplo el mundo como un lugar de bestias y depredadores, claro que si. Pero los horrores no son el alma y la esencia de la vida, solo son la perturbación de las conciencias en la búsqueda de sí. Y, al quitar la máscara humana, vuelvo a ver, seres confusos, almas perdidas, impotentes muchas de ellas, sumidas en la oscuridad de sus instintos y razonamientos, incapaces de mirar más allá de su ombligo, y al fondo de sus vulgares vidas, tras el velo de su ignorancia, de nuevo puedo ver lo bello y lo sacro de ellos mismos, que ellos mismos no contemplan. Recuerdo que un día fueron niños y por tanto inocentes, pero tal vez fueron víctimas, tal vez fueron torturados por sus educadores, tal vez no fueron nunca abrazados, o no tuvieron la ocasión de mostrarlos un mundo de oración y belleza. Quizá nunca fueron queridos, deseados, apoyados, valorados, calentados, apreciados, escuchados, mimados, consolados, quizá fueron despreciados, desoídos, violentados, reprimidos, discriminados, golpeados, torturados, mal criados, o nunca les mostraron afecto, comprensión, entendimiento, perdón, amor y, a su vez, sus padres y los padres de sus padres, vivieron horrores similares y la rueda continúe durante algunos siglos más.

Pero si soy un ser humano, medianamente normal, que convive en un entorno, digamos, favorable; claro, con mis cosas, mis creencias, mis criterios, mis vivencias, mis experiencias, mis momentos de sensibilidad, de concienciación de lo que ocurre a mi alrededor y en mí; si soy de este tipo de persona, capaz de detenerme un instante, dejar mis problemas personales a un lado y abrir los ojos para contemplar, no puedo negar que está sucediendo algo maravilloso, algo extraordinario, que me sobrepasa, algo que, al intentar atraparlo, se me escapa, se desliza ante mi dejando una estela de misterio y de amor a un mismo tiempo, ante la fuerza, la energía y el poder tan inmenso que todo lo envuelve.

Instantes de silencio

Respira conmigo este momento, siéntelo ahora tal y como te lo estoy contando. Hay tanta plenitud en todo, hay tanto amor en este aíre que respiramos, en este cuerpo que sentimos, en estos ojos que miran, en estas manos que tocan y sienten, hay tanta belleza por todas partes, siento ahora tanto calor en mi interior que ¿acaso no es ello una oración en sí mismo? ¿Cómo podemos negar tal evidencia?

Nos horrorizamos ante lo que no es como pensamos, creemos, o sentimos que debiera ser. Vivimos siempre de modo forzado, al límite, en muchos casos, de nuestra energía y de nuestra capacidad intelectual, así que logramos sentirnos impotentes y conseguimos enfermar. Siempre llevando nuestra vida y nuestras cosas al extremo, hasta que ya no podemos más, entonces tiramos la toalla, o montamos en cólera destruyendo cuanto tenemos delante. La vida se nos desmorona, se nos escapa de las manos, nos alejamos de nuestro centro, de nuestra naturaleza, de nuestro verdadero ser, caemos en nuestra propia trampa, la de una humanidad cegada por las apariencias, el culto a la identidad, al cuerpo, al yo soy, al nombre, las formas y lo psicológico.  Construimos castillos en la arena. Nuestros sueños suelen carecer de alma, de sustancia espiritual, ausentes de oración, de principio y de propósitos con sentimiento y corazón. Así que el temor y la incertidumbre nos invaden a diario. El miedo constante a la perdida, a lo que consideramos nos pertenece, nos aleja de nuestro poder sustentador y de nuestro auténtico yo. Entonces la belleza y el verdadero significado de la existencia trascurren como espejismos en nuestras vidas, sumidas en el caos de la preocupación, por lo que difícilmente encontramos un espacio para nosotros mismos, un tiempo para tomar aire, respirar profundo y sentir cuanta maravilla, cuanto amor  nos envuelve, nos abraza en cada instante. La vida toca nuestra puerta cada mañana, viene a darnos los buenos días, a regalarnos una canción, a entregarnos una promesa de luz, a contentar el corazón, pero no oímos el toc, toc, o entreabrimos y cerramos rápidamente diciendo: no, lo siento, no quiero nada, ahora no tengo tiempo para atenderla, tengo mucho que hacer, quizá en otro momento. Pasan los días, los años, la adolescencia, la juventud y llega la vejez, el momento de hacer recuento y entonces uno está muy cansado, muy desgastado, muy habituado y consolidado en sus estructuras, con el corazón desecado, triste, lánguido, porque la vida, piensa, no le ha dado lo que ha querido, o solo ha sido correspondido en parte. Entonces surge la respuesta a la pregunta ¿qué es la vida? Un asco.

En otros casos hay una negación rotunda de cualquier cosa que resuene como espiritual, con algo que no sea tangible; el mundo es puramente subjetivo y nada existe más allá, o, si algo hay, no me interesa, no lo quiero saber.

Pero si tus sucesos diarios te hacen dudar de la realidad que vives como verdad y decides tomar el tiempo en tus manos, en vez de depender de él y entonces te detienes a sentir y, en tal acto, escuchas el viento, respiras los aromas que hay en el aíre, tomas conciencia de lo que tus pies pisan, de lo que hay bajo ellos, observas el colorido, la sensibilidad y belleza extraordinaria de una flor, la fascinante expresión de la naturaleza; si te dejas inspirar por el canto de los pájaros, meditas al amanecer y al atardecer, entonces comienzas a construir, a componer tu canción, tu poema, tu rima con la vida; creas pequeños agujeros por donde pasa la energía y la luz de nuestro ser profundo y del sentido de vivir; estás dando una nueva orientación a tu destino y criterios vitales, estás comenzando a vivir en oración.

Tal y como yo lo siento y vivo, cuando comienza el día, a ser posible, antes de la salida del sol, o justo al despuntar, en ese momento especial tomo mi tiempo para estar conmigo y sentir el inicio del nuevo día, una nueva experiencia, una nueva oportunidad, un día más de aprendizaje, de diversión, de disfrute, un día más para compartir con todo, para sentirme unido a todo. En ese momento tomo conciencia del silencio y en instantes siento la paz y el amor que todo lo envuelve, siento la caricia de la creación, más grande que nada, más importante que yo mismo, siento la inspiración, el aliento vital que se mueve a través de todo y todo me parece extraordinario; en ese preciso instante perdono todos mis errores, me libero de  mis propias condenas, de cualquier carga emocional, puesto que siento una gran compasión, una gran comprensión y entendimiento hacia cuantas cosas vivo, incluido mis justificaciones, mis trampas psicológicas, mis incapacidades para vivir en plenitud y armonía conmigo mismo, con aquello que hago, o a lo que me dedico, con las personas cercanas de mi vida, o con aquellas a las cuales desconozco pero que me rozo, con lo que me gusta y lo que me disgusta. En ese momento abrazo todo, puesto que siento que todo es parte de mí, que todo es mi propio reflejo y que son las cosas que consciente, o inconscientemente, elijo vivir. Entiendo que no soy un ser perfecto ya que tengo una mente compleja, a veces confusa, demasiados datos, demasiadas interferencias, demasiados conceptos y códigos de los que muchas veces dudo y ¿quién tiene la verdad? ¿Dónde está, dónde se encuentra? ¿Quién sabe qué es y por qué, lo correcto? ¿Cuál es el motivo de tener una mente y cómo puedo hacer para no enloquecer? Y me doy cuenta que mi mente es la mente de Dios y que la mente de Dios es entonces una mente extraordinaria que avanza en medio del conflicto y el caos, en medio de la confusión y el sin sentido, en medio de la oscuridad, hacia su luz, hacia su expansión, hacia la integración en su sí mismo, hacia su gran paz. Y al observar esto siento una profunda liberación, puesto que comprendo que nadie es culpable, o todos lo somos al tiempo. Entonces me lleno de agradecimiento hacia mí mismo, a la vida, a mis semejantes. Agradezco a quienes encuentro en mi camino, a los que siguen mi misma dirección, o a quienes eligen otra la cual no comparto, puesto que unos me muestran la aceptación y los otros la fidelidad y, todos, a su vez, me muestran sus heridas, sus patrones, sus condicionamientos, sus capacidades, sus conocimientos, su sabiduría, sus habilidades, sus defensas, su carcasa y su corazón. Y siento que todos coincidimos en la misma carencia, en la misma necesidad de ser abrazados y amados con intensidad, como niños perdidos, sin hogar, que por fin encuentran un alma que los acoge y no juzga su pasado, su presente, ni sus experiencias.

Agradezco cuanto siento que, en ese instante de mi vida, manifiesto y dispongo. Agradezco la luz del sol, el aire que respiro, el agua que me da la vida, me limpia y purifica; a la madre tierra que me cuida y sustenta, agradezco sus árboles, sus plantas, sus valles, sus montañas, su belleza, y a cuantas criaturas comparten su espacio conmigo. Agradezco el lecho en el que duermo, las sabanas limpias y cuantas comodidades hay en mi hogar y aquellos quienes, con su labor, las hicieron posibles hasta llegar a mí. Tantas y tantas cosas que agradecer que debiera dedicar todo mi día a ello, así que eso trato de hacer cuando dejo mi meditación, caminar y actuar con ese agradecimiento, tratando de sostener en mi esa energía, esa fusión con la vida y mis sucesos.

Esto no se llama religión, aunque lo puedes llamar así, no se llama espiritualidad, aunque lo puedes llamar así, no se llama creencias, aunque también lo puedes llamar así. Para mí, se llama apertura de conciencia. Se llama ser consciente de que no soy un ser que camina al margen de todo, renegado consigo mismo y con la vida, encerrado en sus problemas, su verdad y su mundo, aferrado a su cuerpo y a las necesidades del mismo y, este acto, en sí, es orar, pero puedes llamarlo, si quieres, estar conectado al misterio que soy.



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